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Occidente se equivoca de enemigo: Ucrania, Rusia y la trampa china del siglo XXI

  • Foto del escritor: Tomas david Arribillaga
    Tomas david Arribillaga
  • 18 may
  • 3 Min. de lectura

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En su afán por salvar a Ucrania, Occidente está perdiendo algo mucho más importante: el equilibrio global. Mientras Estados Unidos y Europa destinan recursos, armamento y legitimidad política al conflicto con Rusia, el verdadero beneficiario de esta estrategia no es Kiev, sino Pekín. China, que durante décadas ha ejecutado una política paciente y pragmática, hoy cosecha los frutos de un error histórico de proporciones geopolíticas.

La Guerra Fría del siglo XX se ganó enfrentando a las dos grandes potencias comunistas entre sí: China y la Unión Soviética. Estados Unidos comprendió entonces que su supervivencia estratégica dependía más del equilibrio entre sus rivales que de una victoria moral sobre alguno de ellos. Hoy, sin embargo, esa lógica parece haberse extraviado. Con la invasión rusa a Ucrania, la reacción occidental fue automática, visceral, y sobre todo, emocional: aislar a Moscú, castigarla, debilitarla.

Pero en política internacional, no todo lo que es justo es inteligente.

Europa juega para China

El aislamiento de Rusia le dio a China lo que llevaba años buscando: un proveedor energético desesperado, dispuesto a vender a precios de saldo. Con ese insumo, la industria china –ya hegemónica en sectores clave como las energías renovables, las baterías de litio o los componentes electrónicos– se volvió aún más competitiva. El gas que antes impulsaba la locomotora alemana hoy subsidia la transición verde europea… pero desde fábricas chinas.

La paradoja es que mientras Europa se corta a sí misma de su fuente energética más barata y estable –el gas ruso–, sustituye esa matriz con importaciones tecnológicas chinas, fomentando una dependencia aún más peligrosa. Es decir: en su intento por liberarse del chantaje de Moscú, se encadena a Pekín.

¿Y la OTAN? ¿Y Taiwán?

Algunos sostienen que defender a Ucrania es una señal clara para China sobre la cohesión de Occidente. Pero esa lectura es profundamente ingenua. China no actúa en función de gestos, sino de balances reales de poder. Y la guerra en Ucrania ha desgastado al complejo militar-industrial occidental, ha forzado a Europa a gastar más por menos en defensa, y ha dividido al eje transatlántico en torno a las prioridades estratégicas.

Defender a Ucrania no refuerza la posición de Taiwán: la debilita. Porque mientras se destinan miles de millones de euros y dólares a un conflicto territorial entre rusos y ucranianos, la amenaza estructural –China– gana influencia, capital y margen de acción. El expansionismo chino no ha sido contenido; ha sido alimentado por errores ajenos.

El error de confundir enemigos

Estados Unidos supo asociarse con China en el siglo XX para enfrentar al verdadero peligro de entonces: la URSS. Hoy, parece haber invertido los papeles. Se castiga a Rusia, que pese a su autoritarismo sigue siendo un actor con lazos históricos y culturales con Europa, para beneficiar indirectamente al mayor rival sistémico del orden liberal global: China.

Y Europa, lejos de resistir esta dinámica, la profundiza. No solo desactivó buena parte de su capacidad nuclear bajo presión ecologista, sino que desinvirtió por décadas en su industria militar, externalizando su seguridad a EE.UU. El resultado: precios inflados en defensa, dependencia tecnológica, y una OTAN con cada vez menos músculo real. Trump –con su tono brutal pero diagnóstico certero– fue uno de los pocos líderes en denunciar esta situación.

Ucrania no vale el mundo

Occidente está atrapado en una ilusión: que salvar a Ucrania es salvar la democracia. Pero lo cierto es que la democracia no se impone a cualquier costo. Mucho menos cuando el precio es entregar Eurasia a una dictadura tecnonacionalista y expansionista como la china.

Pensar que Rusia puede occidentalizarse a bombazos es una fantasía. Lo que sí era viable –hasta hace poco– era evitar su subordinación absoluta a China. La ventana de oportunidad para integrar a Rusia al sistema occidental se ha cerrado, quizás por generaciones. Occidente no solo ha perdido a un potencial socio: ha creado un subdito más de Pekín.

Ucrania, con su justo reclamo de autodeterminación, ha sido transformada en una trampa moral que impide a Occidente ver el tablero completo. Mientras tanto, China avanza. En África, en América Latina, en el Indo-Pacífico. La guerra que Occidente cree estar ganando es, en verdad, una distracción peligrosa.  “Puede ser un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Occidente haría bien en recordar que el pragmatismo –y no la moralina– es lo que mantiene el orden mundial. China tal vez haga que todos los bienes sean más baratos. Pero habrá dos cosas imposibles de comprar: la dignidad y la libertad. Y serán caras para todos, no solo para Ucrania.

 
 
 

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